(OSV News) -- San José no busca destacarse. Escucha y actúa, y así se convierte en ejemplo de lo que significa ser un discípulo: aquel que oye "la palabra de Dios y la practica" (Lc 8,21). Cada vez que volvemos la mirada hacia José, él mismo nos conduce a descubrir al Dios a quien obedeció y la misión que le fue confiada.
La Letanía de San José nos abre a un camino de contemplación. Nos invita a detenernos en los títulos y honores que se le atribuyen como esposo de María y padre adoptivo de Jesús. Considerarlos uno a uno, es permitir que nos acerque a los misterios de nuestra salvación.
Detenernos en solo dos de estos nombres de José puede ayudarnos a entrar en oración con este gran santo, que siempre supo escuchar la palabra de Dios y ponerla en práctica.
Sostenido por su propia virtud, José supo custodiar la pureza de su esposa. La integridad se construye día a día mediante el ejercicio constante y concreto del respeto y la reverencia. José no solo respetó y honró la virginidad de su esposa, sino también la suya propia. Y esto es así porque fue un hombre que entregó por completo su corazón al Señor.
Es el primero en reconocer lo que más tarde dirá el centurión: "Señor, no soy digno de que entres en mi casa" (Mt 8,8). El hogar de José acogió al Niño divino y a la Santísima Virgen. Él, mejor que nadie, sabía que se trataba de un honor y una responsabilidad para la que no se consideraba digno. Necesitaba crecer en virtud para ofrecer un hogar que estuviese a la altura de tan preciosa compañía.
José no buscó en otro lugar lo que le faltaba, sino en el Señor, a quien respondía siempre con prontitud, dispuesto a cumplir su voluntad. Nunca se creyó más de lo que era ni subestimó al Señor. Con humildad, reconoció sus carencias y recibió lo que necesitaba. Y el Señor, que ama la humildad de sus siervos, le concedió lo necesario para responder a ese llamado tan grande.
Así se edificó la casa de José: sobre la humildad y la acogida agradecida. Fue un hogar marcado por la virtud y la gracia. No miró a su alrededor para ver qué ventaja podía sacar siguiendo los planes de otros, ni apartó la mirada de la familia que le había sido confiada para dejarse seducir por otras posibilidades. Permaneció humilde, reconociendo sus limitaciones y sus faltas, siempre dispuesto a recibir lo que el Señor le daba y a hacer lo que el Señor le pedía.
José no buscó reinos, pero el Señor hizo de su hogar una morada para el Rey. José llamó "hijo" a su Rey, y el reinado bendito de Dios se manifestó por primera vez en el respeto y la reverencia con que trató a la Madre del Rey. Ese respeto --esa reverencia-- tenía su raíz en la actitud con que José vivía ante el Señor, como servidor y custodio. Fue lo suficientemente humilde para servir y, al mismo tiempo, tuvo la firmeza necesaria para ejercer autoridad en el primer reino terrenal del Rey eterno.
El hogar de José fue el lugar propicio para que creciera una devoción especial a Dios. Allí la Virgen encontró cuidado y protección, y el bendito fruto de su seno se complació. Estas condiciones hablan de la grandeza de José: de su humildad, que el Señor enaltece; de su sencillez, que el Señor honra; y de su firmeza, que el Señor ama como reflejo de su propio modo de obrar.
Dios amó tanto al mundo que entregó a su único Hijo. Pero el mundo no ama a Dios. Cristo es la luz, y sin embargo "los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas" (Jn 3,19). Desde el comienzo, Jesús se mostró vulnerable.
En una iglesia en penumbra, la pequeña y silenciosa llama de la lámpara del Sagrario ilumina la oscuridad. Esa llama, aunque firme, necesita ser protegida para que el viento no la apague y la oscuridad no avance sin freno. Así fue también con el Hijo de Dios, que, teniendo poder sobre el cielo y la tierra, quiso someterse a la infancia, a la vida sencilla y a los caprichos del corazón humano.
Su misión salvadora no consistió en contrarrestar el poder con más poder, sino en asumir las consecuencias del mal uso del poder por parte de quienes no aman a Dios, que tanto ama al mundo. En la plenitud de los tiempos, Cristo permitió que su luz pareciera extinguirse para entrar en la oscuridad del sepulcro, donde la haría brillar de nuevo para siempre.
Mientras estuvo en el mundo en su estado más vulnerable, siendo aún un niño, Jesucristo necesitó el cuidado de alguien que no rechazara a Dios, sino que lo sirviera con fe.
José fue ese custodio, quien veló por la llama de aquel niño nacido de María.
José protegió al niño Jesús de los vientos de la malicia con su propio cuerpo y resguardó la llama sagrada que habría de iluminar al mundo. Esos vientos no tardaron en desatarse. Apenas Herodes oyó hablar de su nacimiento, la tempestad de los celos rugió en su interior. Por mucho que intentara que sus palabras sonaran humildes ante los Reyes Magos que buscaban al Rey recién nacido, no logró ocultar su furia. Los Reyes Magos comprendieron que no debían volver a Herodes, y apenas partieron, José decidió huir con su joven familia a Egipto. ¿No es posible que José haya percibido la malicia de Herodes a través de la visita de los Reyes Magos? Quizás gracias a ellos comprendió que la llama sagrada corría peligro. Y así, cuando el ángel le habló en sueños, José estuvo dispuesto a escuchar y a actuar.
La inquietud de los Reyes Magos fue un signo de los tiempos; la clara orden del ángel, una llamada a la fe. José no dudó ni se demoró. Se levantó de inmediato y, con una entrega total, comenzó a proteger la Luz del mundo frente a la oscuridad que la acechaba. Huyó a toda prisa, y la malicia de Herodes no pudo seguir el paso de la fidelidad de José.
Este fiel custodio de Cristo fue un escudo contra la oscuridad. Bajo su protección, el don de Dios al mundo fue creciendo. Noche tras noche, José veló para que, cuando esa pequeña llama alcanzara su plenitud, irrumpiera desde el santuario y se convirtiera en una aurora que no tiene fin.