(OSV News) -- Recuerden la letra de la canción: “¡Lo que el mundo necesita ahora es amor, dulce amor!”. Es difícil no estar de acuerdo con ese sentimiento, especialmente en la actualidad, cuando las naciones y los pueblos están en guerra entre sí. El amor es algo hermoso, y nos vendría bien tener más. Sin embargo, el mundo también necesita otra cosa: un sentido saludable del pecado.
De hecho, estoy seguro de que tener un sentido saludable del pecado y amar a nuestros hermanos y hermanas se complementan y se refuerzan mutuamente, y juntos proporcionan una buena base para la paz y la estabilidad entre los hombres y las mujeres, e incluso entre las naciones. Esta temporada penitencial de Adviento es una oportunidad perfecta para hacer balance de nuestras vidas.
Entonces, ¿qué es un sentido saludable del pecado? Podemos intentar responder a esa pregunta, tal vez, viendo primero lo que no es un sentido saludable del pecado. Aquí hay siete trampas del pecado:
1. “Yo no peco”
Esto contradice directamente las Sagradas Escrituras. Por ejemplo, por citar solo una frase de San Pablo: “Todos han pecado y están privados de la gloria de Dios” (Rom 3, 23). Sin embargo, se planteará la objeción: “¿Y María?”. En efecto, María estaba libre de pecado por una gracia especial de Dios, que deseaba utilizar a una de sus criaturas para traer la salvación a todos, haciendo que diera a luz al salvador del mundo y suyo propio. Sí, también su salvador.
Recordemos lo que María dice de sí misma: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí. Su nombre es Santo”.
La Iglesia entiende que las palabras de María significan que ella también tenía que ser salvada del pecado, pero en el plan eterno de Dios, los méritos de su hijo se le aplicaron a ella antes de ser otorgados al mundo.
También debemos recordar lo que María no dijo sobre sí misma: nunca se declaró libre de pecado, sino que siguió meditando la palabra de Dios a lo largo de su vida y diciendo “sí” a la gracia que se le había concedido. En materia de santidad personal, siempre es mejor dejar que Dios sea el juez.
2. “Ya no peco”
Alguien que no peca no tendría que declararlo, ya que el fruto de una gracia tan generosa sería evidente en la vida de esa persona y en la vida de la comunidad en la que vive.
La gracia no es simplemente un tapón que colocamos en nuestro comportamiento para detener el pecado; más bien, la gracia es el poder de Dios en nuestras vidas que nos permite perseverar en actos de amor y justicia.
Sin embargo, tenemos que admitir que con la ayuda de la gracia de Dios es posible dejar de pecar: ¿Cómo un joven llevará una vida honesta? Cumpliendo tus palabras” (Sal 119, 9). No obstante, sigue siendo una sabia decisión no hablar de la pureza del alma: “Presérvame, además, del orgullo, para que no me domine; entonces seré irreproachable y me veré libre de ese gran pecado” (Sal 19, 14).
3. “No peco gravemente”
Con esta declaración, hay que tener cuidado de entender con precisión lo que dice el que habla. Por un lado, puede que esté describiendo el estado de su alma después de toda una vida de obedecer las palabras de Dios y producir muchos frutos. En este caso, “no peco gravemente” es un agradecido reconocimiento de la misericordia de Dios que la persona ha recibido y luego aplicado a su vida. El hablante no quiere sugerir que algunos pecados puedan tomarse menos en serio que otros. Quien ama a Dios trata de complacerlo en todas las cosas, pequeñas y grandes. Santa Teresa de Ávila dijo que incluso los pecados veniales cometidos libre y conscientemente son un asunto serio.
Por otro lado, si otra persona dice: “No peco gravemente”, y con ello quiere decir que los pecados pequeños no merecen preocupación, entonces la afirmación es realmente muy poco saludable. No se debe tolerar ningún pecado, grande o pequeño. El hecho de que “no haya matado a nadie” no significa que pueda ignorar los “pequeños” pecados. El peligro es hundirse en las arenas movedizas del relativismo moral, por no mencionar la posibilidad de que los “pequeños” pecados se conviertan en un vicio muy grande.
Aunque la Iglesia distingue acertadamente entre pecados veniales y mortales, nunca ha sugerido que los primeros deban tomarse menos en serio que los segundos. Jesús utilizó el lenguaje más fuerte y vívido para comunicar el poder destructivo de todos y cada uno de los pecados: “Si tu ojo te hace pecar, arráncalo. Más te vale entrar en el reino de Dios con un solo ojo que con dos ojos ser arrojado al Gehena”.
Jesús también dijo: “Ustedes han oído que se dijo a los antepasados: ‘No matarás’ … pero yo les digo que todo aquel que se irrita contra su hermano, merece ser condenado por un tribunal”. Todo pecado, mortal y venial, es grave y debe evitarse con la ayuda de la gracia de Dios.
4. “Peco, pero es entre Dios y yo”
Esta es una mala concepción del pecado, porque deja fuera a todo el cuerpo de Cristo, del que todos somos miembros. El pecado es sin duda una ofensa contra Dios, pero también daña nuestras relaciones con nuestros hermanos y hermanas. El pecado nunca es simplemente un asunto entre Dios y yo. Una de las razones por las que Jesús instituyó el sacramento de la reconciliación es que el penitente recibe el perdón de Cristo y de la comunidad en la persona del sacerdote, que representa a ambos.
Ahora bien, admito que puede ser más difícil ver a Cristo en un sacerdote concreto que aceptar que el pan y el vino se convierten en el cuerpo y la sangre de Jesús. Sin embargo, el sacerdote (por débil y pecador que sea en sí mismo) es un instrumento de Dios. (Recordemos también lo que dijo Jesús sobre los escribas y los fariseos que habían ocupado el asiento de Moisés: “Haced lo que os digan, pero no sigáis su ejemplo”).
Además, no podemos olvidar que el sacerdote representa a la comunidad a la que hemos herido con nuestro pecado y con la que también necesitamos reconciliarnos. Cuando rezamos el Padrenuestro, nos hacemos responsables ante Dios y ante nuestros hermanos y hermanas.
5. “No tengo redención”
Este es uno de los sentidos más famosos del pecado, a menudo dramatizado en películas y novelas. Por lo general, cuando hacemos esta afirmación, acabamos de cometer uno de los llamados pecados GRAVES (y en las películas y novelas, pecado GRAVE casi siempre significa pecado sexual). El pecado en particular es tan grave y tan serio que, en el momento siguiente, no podemos pensar en nada más: “¿Cómo pude hacer tal cosa? ¿Por qué fui tan estúpido? ¡Dios mío, estoy perdido!”. En medio de tal emoción, es difícil tener presente que Jesucristo murió y resucitó para pagar la deuda de todos los pecados.
Incluso podemos sentirnos hipócritas por pensar en el perdón, o tal vez, en secreto, no queramos librarnos del pecado y temamos que así sea. Es normal tener estos pensamientos después de cometer un pecado grave, pero no deben ser el final de nuestros pensamientos. También deben seguir el arrepentimiento, la confesión y la reparación. Si no es así, entonces está pasando algo más. Afirmar que “estoy más allá de la redención” puede ser un intento retorcido de rechazar el amor y la aceptación de Dios porque, en el fondo, no nos amamos ni nos aceptamos a nosotros mismos. También podemos afirmar que estamos perdidos por un deseo secreto de no cambiar. Sin embargo, el perdón de Dios nos exige una conversión del corazón y la voluntad de cambiar nuestro comportamiento.
Un orgullo enfermizo puede repugnar la idea de pedir perdón a Dios y a los demás o la perspectiva de tener que reparar el daño ante los ojos de los demás. Es difícil decir por qué nos aferramos a la idea de estar perdidos, pero sin duda es un sentido pobre del pecado, porque afirma que Dios es impotente ante este delito concreto (o serie de delitos), cuando sabemos que Dios ya ha vencido el poder del pecado.
6. “Peco todo el tiempo”
A pesar del uso poco frecuente del confesionario, la escrupulosidad sigue viva y coleando. Nos encontramos en esta situación cuando nos atormentamos por tener un pensamiento sexual pasajero, perdemos el sueño por comer una uva en la tienda sin pagarla o sospechamos que hay pecado detrás de cada uno de nuestros pensamientos, palabras y acciones. Debemos recordar que hay una diferencia entre la tentación y el pecado. Jesús fue tentado en todo como nosotros, pero nunca pecó. Aunque pecamos, no todos los pensamientos o acciones son pecaminosos.
Las tentaciones y los pensamientos fugaces pueden abordarse simplemente dejándolos pasar: no hay que entretenerse con ellos, sino ofrecer una oración en su lugar. Robar una uva puede remediarse fácilmente pagándola y no volviendo a hacerlo. En situaciones como estas, la distinción entre pecados mortales y veniales puede ser útil: un pecado venial impulsivo y puntual no debe agotar más tiempo en el examen de conciencia que un pecado mortal frecuente y libremente elegido.
Debemos usar una buena dosis de razón y sentido común, honestidad y buen juicio cuando reflexionamos sobre nuestros pecados ante Dios. Un buen confesor y el hábito regular del sacramento de la reconciliación pueden ayudarnos a evitar la escrupulosidad.
7. “No sirve de nada; nunca cambiaré”
Este pobre sentido del pecado se centra en la idea de que se desea la redención, pero parece inalcanzable debido al pecado persistente o habitual. Sin embargo, muchas de las mismas motivaciones que nos hacen sentir que estamos más allá de la redención también pueden estar actuando. “Nunca cambiaré” puede significar en realidad “no quiero cambiar”. Podemos decir “no sirve de nada” porque realmente creemos que “no es ningún problema”, y nos aferramos con ira a lo que creemos que se nos debería permitir tener en primer lugar.
Nuestras protestas pueden ser parte de un juego que jugamos para convencer a Dios (y a nosotros mismos) de que realmente estamos haciendo un esfuerzo, pero el pecado es demasiado poderoso. Y tal vez nuestra mentalidad retorcida nos sugiere que Dios mismo no está haciendo lo suficiente para igualar todos nuestros buenos esfuerzos.
Entonces, con esas trampas descritas, ¿cómo se desarrolla un sentido saludable del pecado?
Lo primero es lo primero: saber que el pecado existe
El primer paso es admitir que existe el pecado y que somos pecadores, lo cual, como ya hemos señalado, no siempre es una tarea fácil ni agradable.
Sin embargo, que el pecado existe parece ser evidente. Incluso si una persona no cree en Dios, le resultaría difícil negar la presencia del mal en forma de guerras, violencia, egoísmo, codicia, lujuria, etc. El cristianismo da a todos estos males el nombre de pecado.
Y sí importa cómo llamemos a estos males. Si se trata simplemente de males sociales, defectos psicológicos o una mala adaptación al entorno, entonces tal vez la educación y el proceso de evolución acaben por suavizar todas las arrugas.
Pero, ¿y si el pecado fuera el resultado de una elección personal? ¿Algo que el ser humano ha elegido hacer? Entonces nos encontraríamos ante todo el misterio de lo que significa ser humano.
Las Escrituras enseñan que el pecado comienza en el corazón del hombre o la mujer. El pecado es un mal uso de la libertad que Dios nos ha dado y con la que hemos sido bendecidos.
Jesús lo expresa claramente: “Porque es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino. Todas estas cosas malas proceden del interior y son las que manchan al hombre” (Mc 7,21-23).
Por supuesto, si eso fuera todo lo que Jesús vino a hacer, definir la causa del pecado, estaríamos en una situación realmente lamentable. Gracias a Dios, Jesús vino con algo más que una definición; también vino con una solución: su vida por la nuestra. Murió para que nosotros pudiéramos resucitar.
Por lo tanto, un sentido saludable del pecado incluye el reconocimiento de nuestra naturaleza caída, de que sin la gracia de Dios estamos perdidos y somos propensos a hacer el mal. También tendríamos que admitir que, dada nuestra naturaleza caída, hemos cometido pecados personales; hemos fallado a la hora de responder al don de la salvación de Dios y de seguir sus mandamientos.
Sin embargo, además de reconocer la realidad del pecado en el mundo y en nuestras vidas, también reconocemos y proclamamos que, a través del sacrificio de Jesús en la cruz y su resurrección --en otras palabras, a través de su misterio pascual--, tenemos un remedio a nuestra disposición: el mismo Jesús.
Ver el pecado a través del sacrificio de Jesús nos dice dos cosas: 1) el terrible y destructivo poder del pecado, que requiere un sacrificio así para redimir la situación humana; y 2) que Dios nos ama tanto y valora nuestras vidas hasta tal punto que, en la persona de Cristo, ofrece libremente el sacrificio.
Una percepción del pecado que no incluya tanto la tremenda maldad del pecado como el amor inimaginable de Dios al redimirnos no puede ser saludable. Si negamos la realidad del pecado, estamos ciegos ante el mal que nos rodea y nos burlamos del sacrificio de Jesús. Si nos centramos exclusivamente en el perdón de Dios, no solo no tomamos en serio el pecado, sino que también hacemos que parezca que Dios tampoco lo toma en serio.
Un sentido saludable del pecado reconoce la realidad del pecado y el perdón de Dios, y estimula al penitente tanto a evitar activamente el pecado en el futuro como a cooperar con el don de la redención de Dios mediante la construcción de la ciudad terrenal en anticipación del cielo.
El don del perdón de Dios no está destinado simplemente al pecador individual. Está destinado a ser compartido con el mundo para que todos puedan vivir en la realidad del don de la salvación de Jesús.