(OSV News) -- Dios creó todo: el cielo y la tierra, los árboles, las flores y todas las criaturas que habitan en la tierra. Pero Dios no creó la preocupación. Podemos ponerle el nombre que queramos: desaliento, ansiedad, inquietud. No fue creada por Él.
Los seres humanos solemos angustiarnos y obsesionarnos por cosas que podrían llegar a pasar en el futuro, pero que en muchos casos nunca suceden. El gran escritor estadounidense Mark Twain decía que "preocuparse es como pagar una deuda que no debemos". Dios está siempre con nosotros; aquello que creemos que va a ocurrir, aquello que nos inquieta, está en las manos amorosas de nuestro Creador. Solo necesitamos abandonarnos a Él y dejar de confiar únicamente en nuestra propia autosuficiencia. Lo hemos escuchado mil veces: "soltar y dejar que Dios actúe". La vida está llena de dificultades. Dios no las elimina. Ni siquiera lo hizo con su propio Hijo. Sin embargo, camina a nuestro lado en cada circunstancia que atravesamos.
Durante el Sermón de la Montaña, Jesús enseña a sus discípulos que preocuparse no tiene sentido: "Por eso les digo: no se inquieten por su vida, pensando qué van a comer, ni por su cuerpo, pensando con qué se van a vestir… ¿Quién de ustedes, por mucho que se inquiete, puede añadir un solo instante al tiempo de su vida?" (Mt 6,25-27). En cambio, les asegura que Dios conoce sus necesidades y los invita a buscar "primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura" (Mt 6,33). Luego se refiere al futuro: "No se inquieten por el día de mañana; el mañana se inquietará por sí mismo. A cada día le basta su aflicción" (Mt 6,34). En palabras de Jesús escuchamos esta llamada a no vivir inquietos, con la confianza puesta en que Dios proveerá lo que necesitamos. El maligno, por supuesto, puede sembrar el caos y la preocupación en nuestra vida, si se lo permitimos.
En 1941, C.S. Lewis escribió un libro titulado "Cartas del diablo a su sobrino" ("The Screwtape Letters"). La obra está compuesta por una serie de cartas breves, cargadas de humor e ironía, en las que Escrutopo, un demonio, escribe a su sobrino Orugario. A través de ellas, Lewis muestra cómo el demonio se las ingenia para apartar a la humanidad de Dios. En el capítulo seis, Escrutopo se refiere a un hombre que podría llegar a ser reclutado por el ejército durante la guerra y explica cómo el demonio y sus agentes pueden mantenerlo atrapado en la preocupación ante esa posibilidad:
"Me complace saber que la edad y la profesión de tu paciente hacen posible, aunque de ningún modo seguro, que sea llamado al servicio militar. Queremos que viva en la máxima incertidumbre, de modo que su mente se llene de imágenes contradictorias del futuro, cada una de las cuales despierte esperanza o temor. Nada hay como el suspenso y la ansiedad para levantar una barrera en la mente humana contra el Enemigo (Dios). Él quiere que los hombres se ocupen de lo que hacen; nuestro trabajo consiste en mantenerlos pensando en lo que les va a suceder".
Lewis describe con acierto lo que ocurre cuando nos dejamos llevar por la preocupación, el miedo o la ansiedad ante un futuro incierto, en lugar de vivir cada día con Dios como guía, confiando en su providencia. Escrutopo intenta alejar de Dios a ese posible recluta, llevándolo a pensar únicamente en aquello que teme.
Dios ha cuidado de la humanidad a lo largo de los siglos; por eso, resulta evidente que desde el comienzo tuvo un plan para nuestro bien. Ese plan se conoce como la providencia divina: la manera en que Dios gobierna y preserva todo lo que ha creado. Él ha guiado y supervisado todo lo que ha ocurrido desde la creación, incluido el hecho de que cada uno de nosotros haya sido creado a su imagen y semejanza.
Cuando la maldad cubrió la tierra, Dios envió el gran diluvio universal para destruirla y luego volvió a crear todo lo que existe. Sacó a los israelitas de Egipto y, a pesar de sus quejas, los sostuvo durante 40 años. Envió a su Hijo como Salvador del mundo, para sufrir, cargar con los pecados de la humanidad, morir en la cruz y resucitar. Cuando el Hijo regresó al Padre, el Espíritu Santo vino para guiarnos hacia las alegrías del cielo. Nada de esto sucedió por casualidad, sino que se cumplió gracias a la bondad de nuestro Creador omnisciente. Nuestro papel en el plan divino de Dios es alabarlo, adorarlo y ofrecerle nuestro amor incondicional de manera constante.
En el Evangelio de Mateo, Jesús envía a los Doce Apóstoles a recorrer Israel para anunciar la Buena Nueva: "Curen a los enfermos, resuciten a los muertos, purifiquen a los leprosos, expulsen a los demonios" (Mt 10,8). Les indica que no lleven provisiones, ni dinero ni ropa, y les advierte que los envía "como ovejas en medio de lobos". Por cumplir esta misión en su nombre, les dice, serán llevados ante gobernadores y reyes. Cuando eso ocurra, los tranquiliza: "No se preocupen de cómo van a hablar o qué van a decir…, (porque) el Espíritu de su Padre hablará por ustedes". A pesar de estas palabras de aliento del Señor, es fácil imaginar que los apóstoles se hayan inquietado ante la magnitud de semejante tarea. Jesús, que conoce sus corazones, les recuerda que Dios proveerá y que cuida con esmero de cada uno de nosotros, al punto de afirmar que ni siquiera un gorrión cae a tierra sin que el Padre lo sepa.
San Jerónimo (347–420), al referirse al gorrión, afirmaba: "Si los gorriones, siendo tan insignificantes, están bajo la providencia y el cuidado de Dios, ¿cómo pueden temer ustedes, que son eternos por la naturaleza de su alma, que Aquel a quien veneran como Padre no los cuide de manera especial?".
Jesús, tal como lo describe Mateo, exhorta a los apóstoles, así como a los discípulos de hoy, a no dejarnos dominar por la preocupación, sino a confiar en el amor de Dios y a hacer nuestras las palabras de la oración que rezamos cada día: "Hágase tu voluntad". Mucho antes de Jesús, el profeta Isaías ya había afirmado que, aunque una madre pudiera olvidar a su hijo, Dios jamás se olvidaría de nosotros (Is 49,15).
A lo largo de la Biblia, los autores de las Escrituras describen numerosas situaciones angustiantes que, de algún modo, terminan bien gracias a la presencia constante de Dios. Daniel fue arrojado al foso de los leones, pero salió ileso; la viuda de Sarepta entregó a Elías el último bocado de comida que tenía y se preparó para morir de hambre junto a su hijo, pero Dios reponía su aceite y su harina. Los apóstoles se preguntaban cómo iban a alimentar a cinco mil personas, hasta que vieron a Jesús multiplicar los panes y los peces.
También hay ejemplos actuales de la providencia de Dios. Mi tío contaba la historia de cuando se encontraba en un portaaviones durante la Segunda Guerra Mundial. Vio cómo un avión enemigo se acercaba sin ser alcanzado por la artillería, pero luego pasó de largo sin disparar un solo tiro. Es evidente que un soldado en combate siente miedo y preocupación, y existen cientos, si no miles, de historias similares a la de mi tío. La providencia divina ha sostenido la creación desde Adán y Eva, y continúa sosteniéndonos hoy.
Sin duda, una de las enseñanzas más recordadas sobre la importancia de no vivir inquietos tuvo lugar en Betania, en el encuentro entre el Señor Jesús y su amiga Marta. Conocemos bien el relato: mientras Marta se esforzaba para que todo estuviera en orden, María permanecía sentada escuchando a Jesús. Cuando Marta se quejó, Jesús le respondió: "Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas cosas y sin embargo, pocas cosas, o más bien, una sola es necesaria, María eligió la mejor parte, que no le será quitada" (Lc 10,41-42).