(OSV News) -- La mayor parte del crecimiento que hemos visto en las denominaciones cristianas en los últimos años se ha producido en comunidades cristianas que enseñan normas firmes y relativamente estables a pesar de los cambios sociales. Es probable que la próxima generación de padres católicos busque un fuerte sentido de identidad católica en las escuelas católicas. A medida que los recursos se vuelven más escasos, ¿por qué los padres elegirían una escuela católica para sus hijos si no perciben que la escuela católica ofrece algo que la escuela pública u otra escuela privada no pueden ofrecer?
Promover una cultura católica única en nuestras escuelas es una tarea necesaria y desafiante. Para afrontar este reto, es útil examinar qué variables hacen que la identidad cultural sobreviva y prospere.
Una característica importante es un lenguaje común. ¿Cómo entendemos y hablamos de la educación católica? ¿Qué entendemos por “católico”? Y, en términos más generales, ¿qué lenguaje compartimos cuando hablamos de nuestra fe? Compartir un lenguaje común significará una misión bien articulada, que se comunique eficazmente a los padres de manera que atraiga a las familias a nuestras escuelas.
Una segunda característica de la identidad cultural es el uso de símbolos. ¿Qué símbolos del catolicismo vemos en nuestras escuelas? Cuando los padres vienen de visita, ¿les parece que la escuela católica es diferente de la escuela pública local o de una escuela bautista?
Los niños, especialmente los de primaria, son pensadores y aprendices muy concretos. Los símbolos visibles que les rodean, como iconos, estatuas, crucifijos e imágenes de la fe en acción, les ayudan a comprender dónde están y qué están aprendiendo. ¿Qué ideas, valores y creencias únicas promovemos en nuestras escuelas católicas y cómo se hacen visibles de manera concreta?
El poder de los rituales y las tradiciones para forjar la identidad los convierte en características importantes de la mayoría de las instituciones académicas que perduran en el tiempo. Los alumnos actuales quieren quedarse debido a los rituales compartidos que han construido una comunidad y se han convertido en una parte importante de sus vidas, y los antiguos alumnos siguen apoyando a la escuela --y animan a sus hijos a asistir a ella-- debido a los buenos recuerdos que tienen de estas tradiciones.
En nuestra tradición católica, no necesitamos buscar muy lejos para encontrar ideas que puedan construir el sentido de identidad colectiva en nuestras escuelas católicas.
El calendario litúrgico ofrece ocasiones para muchos tipos de celebraciones y tradiciones, sin mencionar las experiencias cotidianas de la oración católica y los sacramentos.
Las normas culturales compartidas, incluso aquellas que plantean retos al individuo, también crean un sentido de identidad cultural. Las escuelas católicas no deben temer promover una moral auténticamente católica, a menudo contracultural, que incluye el respeto por la vida en todas las edades y etapas, la promoción de la castidad como respuesta a nuestra comprensión de la dignidad del cuerpo y la sacralidad del matrimonio, la necesidad de la acción social, incluida la solidaridad con los pobres, y otras innumerables formas en las que nosotros, como católicos, estamos llamados a ser testigos en la sociedad actual.
Del mismo modo, vivimos en una cultura en la que los estándares académicos se han visto desafiados por las nociones de la “mejor versión de uno mismo”, lo que ha llevado a una situación en la que tenemos muchos graduados de escuelas públicas con una alta autoestima, pero con muy pocos conocimientos o habilidades académicas.
Si bien las necesidades y los talentos pueden variar mucho, también debemos recordar que los niños no pueden alcanzar estándares que no establecemos, y no debemos tener miedo de exigirles que alcancen altos estándares de comportamiento y rendimiento académico, al tiempo que los ayudamos a enfrentar el reto.