Cuando me enteré de que el siguiente viaje de misión de los Padres y Hermanos Maryknoll iba a ser a El Salvador, no dudé en inscribirme de inmediato. Tenía muchas ganas de conocer de cerca la obra de Monseñor Romero, sobre todo porque el testimonio de su sacerdocio había producido en mí la misma conmoción y admiración hasta las lágrimas que los testimonios de San Damián en la isla Molokai y del beato Stanley Rother en Guatemala.
Aquel viaje coincidía con la conmemoración del cuadragésimo tercer aniversario del martirio de San Romero. Él, como un Juan Bautista o bien, un auténtico "alter Christus", a sabiendas de su inminente muerte, no cesó en el cumplimiento de la misión que le fue encomendada: abogar por la justicia, hasta el último aliento, a favor de los menos favorecidos de los suyos.
Esta ha sido mi primera visita a El Salvador. El encuentro con su gente y una visión global del panorama me produjo sentimientos enfrentados. Por una parte, en nuestros encuentros con los salvadoreños, percibí las cicatrices de sus heridas históricas, políticas y sociales; pero también heridas políticas y sociales recientes que los dividen. Y, por otra, pude ser testigo de su amabilidad y generosidad desbordantes que me conmovieron.
En el Centro Histórico de San Salvador se gestaba la construcción de la Biblioteca Nacional, y a pocos metros de esa obra, en la Catedral, se tejían los preparativos para la fiesta de Monseñor Óscar Arnulfo Romero y Galdámez, arzobispo de San Salvador de 1977 hasta su muerte en 1980, quien fue canonizado el 14 de octubre de 2018 por el Papa Francisco.
Esa mañana del 24 de marzo de 2023 en la Catedral fue memorable para mí. A la Sagrada Eucaristía asistieron centenas de fieles, grandes y pequeños; religiosos, laicos, simpatizantes de Romero, medios de comunicación y decenas de grupos de peregrinos que también se reunieron en torno a la cripta del santo para rendirle tributos con cantos y oraciones. Fue realmente gratificante escuchar a los grupos juveniles compartiendo lo que significa San Romero para ellos.
Me llamó mucho la atención constatar que Monseñor Romero no es sólo fue un personaje que adquirió reconocimiento internacional, sino que verdaderamente fue un profeta en su tierra, querido allí por todos, cristianos o no. Incluso el aeropuerto internacional de San Salvador lleva su nombre, y varias de sus paredes le rinden homenaje.
En mi viaje de misión tuvimos la oportunidad de conocer la vida de otros mártires del Salvador, pero como mi enfoque era Monseñor Romero, quiero resaltar tres enseñanzas que rescato de esa visita a Centroamérica.
Primero, la imperante necesidad de tocar las heridas de los afligidos. A Monseñor Romero se le atribuye la frase "hay muchas cosas que sólo se pueden ver a través de los ojos que han llorado". Él lo supo mejor que nadie porque no sólo acogió las lágrimas de las víctimas directas de la violencia y la desigualdad social, sino que también las derramó por ellos y con ellos.
En sus últimos años de vida, convirtió al Arzobispado de San Salvador en una casa de acogida y escucha para lo que sufren, gente de toda clase social que le confiaban sus temores y quienes le tendían los lazos de confianza y amistad.
Segundo, predicar el Evangelio, en toda la extensión de lo que conlleve, es una obligación. Pues, como decía San Pablo en su primera carta a los Corintios, predicarlo no es motivo para el orgullo, sino que es un deber (9,16). ¡Ay de todos los cristianos si no lo hacemos!
Gracias a la transmisión de sus homilías por la radio diocesana hoy podemos apreciar con asombro a un profeta de nuestros tiempos, sin temor alguno para denunciar los atropellos de los cuerpos militares de su país, el abuso de la autoridad de sus dirigentes y la distribución desigual de los bienes.
San Romero no cesó en despertar la consciencia de sus compatriotas, exhortándolos a asociarse pacíficamente por causas justas y reclamar los derechos que les pertenecen. Sus mensajes eran siempre directos, sin rodeos o eufemismos. Un día antes de su muerte, rogó abiertamente a la Guardia Nacional al cese del hostigamiento y de las persecuciones, apeló al mandamiento de no matar.
Por último, ¡dar la vida! Puede que no sea hasta el extremo, como Aquel que la dio en la cruz, o a punta de bala, como Monseñor Romero, pero desgastarla en la entrega incondicional asumiendo una causa para aliviar el dolor de quien lo atraviesa.
Tertuliano afirmaba que la sangre de los mártires es semilla de la Iglesia. Que en esta Cuaresma, la sangre de San Romero haga germinar en cada uno de nosotros el deseo de asumir sin miedo nuestra identidad como Iglesia, pues, a fin de cuentas, la consecuencia no será nunca la muerte, sino la vida eterna.