(OSV News) -- Si buscamos en las Escrituras, con la excepción de la Sagrada Familia, ninguna persona es más favorecida por Dios que San Juan Bautista. Los cuatro Evangelios aclaman a este santo hombre y lo distinguen de los demás. Desde antes de su nacimiento, fue elegido por Dios para anunciar, bautizar e identificar a Jesús como el Mesías tan esperado.
Al observar la totalidad de su breve vida, se ve la mano de Dios en cada momento. El papel único de Juan en la historia de la salvación fue inmortalizado por Jesús, quien dijo: “Les aseguro que no hay ningún hombre más grande que Juan” (Lc 7, 28).
Aunque celebramos tanto el nacimiento de Juan Bautista (el 24 de junio) como su muerte (el 29 de agosto), es durante el Adviento cuando la liturgia amplifica el papel de Juan como precursor de Cristo. Es Juan quien, como instrumento de Dios, dice al mundo que se prepare, que el Mesías está llegando; es Juan quien luego señalará al Mesías que vive en medio de los hombres.
La Iglesia enseña que Cristo no solo viene en Navidad, sino que volverá al final de los tiempos. En ambos casos, se nos exhorta a preparar nuestros corazones y nuestras almas para estos acontecimientos. San Juan Bautista nos dice cómo prepararnos, cómo reformar nuestras vidas; la Iglesia nos ofrece los medios durante este tiempo santo a través de la penitencia, la confesión y la conversión sincera.
Juan es el hijo de Zacarías e Isabel, una pareja santa, anciana y sin hijos que vivía en las montañas de Judea. Su nacimiento fue revelado por un ángel, que le dijo a Zacarías que él e Isabel tendrían un hijo. El ángel era Gabriel, quien más tarde anunció a una joven hebrea que se convertiría en la Madre de Dios.
Gabriel le dijo a Zacarías que el niño se llamaría Juan y que “estará lleno del Espíritu Santo desde el seno de su madre, y hará que muchos israelitas vuelvan al Señor, su Dios. Precederá al Señor con el espíritu y el poder de Elías… preparando así al Señor un Pueblo bien dispuesto” (Lc 1, 15-17). Zacarías, creyendo que él y Isabel eran demasiado mayores para tener un hijo, se negó a creer en el mensaje del ángel y, como resultado, quedó mudo. Permaneció así hasta que nació Juan.
La Visitación es uno de los pasajes más conmovedores y recordados de las Escrituras: la historia de María, embarazada de Jesús, caminando o viajando en algún medio de transporte incómodo, haciendo el viaje de varios días desde Nazaret hasta las montañas de Judea para visitar a Isabel.
El ángel Gabriel le había dicho a María que Isabel, su pariente mayor, estaba embarazada de seis meses de Juan. El Evangelio de San Lucas (1,39-45) describe la llegada de María. Isabel se siente honrada de que la Madre de Dios haya venido a cuidar de ella y de su hijo por nacer.
Cuando María entró en la casa, Juan saltó en el vientre de su madre, y Isabel se llenó del Espíritu Santo. Sobre esta escena, San Juan Crisóstomo escribió: “(Juan en el vientre) aún no ha visto la luz, pero señala el sol; aún no ha nacido, y está deseoso de actuar como precursor”.
Como Isabel estaba “llena del Espíritu Santo”, Juan fue bautizado en el vientre y, por lo tanto, nació sin pecado. Juan, al igual que la Virgen María, fue elegido especialmente por Dios; en el caso de Juan, su papel es presentar al Salvador al mundo.
Mientras Jesús crecía tranquilamente en Nazaret, Juan, seis meses mayor que Jesús, vivía de forma anónima en el desierto de Judea. La juventud de Juan se resume en Lucas 1,80: “El niño (Juan) iba creciendo y se fortalecía en su espíritu; y vivió en lugares desiertos hasta el día en que se manifestó a Israel”.
Sobreviviendo de la tierra, no se vio contaminado por los pecados mundanos, sino que recibió aún más la gracia de Dios a través de la oración constante y la abnegación.
A los 30 años, cuando comenzó su ministerio público, el mensaje de Juan era: “Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca” (Mt 3,2), lo que significaba que la llegada del Mesías era inminente y que la humanidad se preparara. Inspirado por Dios, Juan sabía que Cristo iba a venir, pero en ese momento no conocía su identidad.
La gente acudía en masa a escuchar a Juan, en gran parte porque habían pasado 400 años desde que alguien había anunciado públicamente la llegada del Mesías. Estaban ávidos de ese mensaje. Juan los animaba a confesar sus pecados, a cambiar de corazón y, como señal pública de sinceridad, a bautizarse. Cada año, en Adviento, escuchamos su llamamiento a la conversión interior.
Comenzó a bautizar a la gente en el río Jordán, y algunos pensaron que Juan era el Mesías esperado; otros pensaron que era Elías regresado a la tierra. Juan les dijo que no era ninguna de las dos cosas, que los bautizaba con agua, “pero viene uno que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de sus sandalias; él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego” (Lc 3, 16).
Jesús vino al Jordán para presentarse al bautismo. Sin pecado, sin necesidad de bautismo, quería relacionarse con el hombre pecador. Juan se opone, argumentando que Jesús debería bautizar a Juan, y no al revés. Nuestro Salvador se humilla, insistiendo en el bautismo de arrepentimiento, y Juan accede. Cuando Jesús salió del agua, Dios envió una paloma que representaba al Espíritu Santo y anunció: “Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección” (Mt 3, 17). Se confirma la divinidad de Jesús.
Después de ser bautizado, Jesús se retiró al desierto, donde pasó cuarenta días orando, ayunando y preparándose para su ministerio público. Al final de ese tiempo, regresó al Jordán, donde Juan lo señala al mundo con las palabras sagradas que se pronuncian en cada Misa: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn 1, 29).
Allí, entre los que se congregaban a orillas del río Jordán, estaba el Mesías. La espera había terminado. Jesús sale ahora al mundo, difundiendo su mensaje de salvación, mientras Juan se desvanece en la sombra de su Salvador, diciendo: “Es necesario que él crezca y que yo disminuya” (Jn 3, 30). Estas palabras siguen siendo un reto para todos los cristianos.
Mientras Juan seguía predicando, se enfrentó a Herodes Antipas, gobernador provincial de Galilea. Juan condenó públicamente a Herodes Antipas por vivir en incesto con la esposa de su hermano. Herodes encarceló a Juan, pero pronto desarrolló una afinidad especial por el Bautista.
La mujer implicada, Herodías, no sentía tal afinidad y buscó una oportunidad para matar a Juan. Es bien conocida la historia (Mc 6, 21-28) de cómo la hija de Herodías bailó para Herodes y, cuando terminó el baile, Herodes le ofreció a la muchacha lo que quisiera. Herodías animó a la muchacha a pedir la cabeza de Juan en una bandeja, y así fue. Juan fue martirizado como precio de un baile.
El impacto de su corta vida hace que Juan sea objeto de una veneración especial; junto a la Santísima Virgen, es nuestro santo más grande. Su mensaje de que debemos prepararnos para la venida de Cristo renunciando a nuestros pecados resuena durante cada Adviento.